La piel nos envuelve y nos protege pero también nos traduce: somos lenguaje de la cabeza a los pies, signos en movimiento. Y, sin embargo, lo más evidente suele pasar desapercibido: la rutina teje un velo que oculta su propia profundidad, como si lo espiritual estuviera demasiado a la vista para ser notado. Estamos acostumbrados a mostrar admiración y sorprendernos con los acontecimientos excepcionales que irrumpen nuestra cotidianidad, es decir, lo espectacular, el escándalo, las catástrofes... Pero, ¿qué pasa con lo realmente importante, lo que acontece en nuestro día a día, en nuestra cotidianidad, en lo ordinario, lo común, lo evidente, lo genuino? ¿No deberíamos interrogar más nuestros modales en la mesa, cómo nos atamos los cordones, cómo modulamos nuestros gestos frente a otros, qué postura adopta nuestro cuerpo al atravesar nuestro apartamento a oscuras o cómo cruzamos la ciudad entera sin apenas percatarnos? Porque ¿no es acaso ahí, en esa aparente quietud, donde realmente ocurre la vida y donde se configura y se transforma aquello que somos?
Esta lógica de lo inadvertido por supuesto atraviesa nuestra relación con los objetos. No solemos reparar demasiado en cómo hacemos uso de las cosas y en cómo desplazamos sus propósitos iniciales. ¿Para cuántas funciones distintas habré usado la silla de mi dormitorio? ¿Y la del salón? Sin darnos cuenta, alteramos el sentido de lo que nos rodea constantemente. Algo se modifica en el simple gesto de usar el palo de la fregona para bloquear una puerta. En ese movimiento, el significado se desplaza. Y lo mismo ocurre con los espacios que habitamos y transitamos cada día: pasillos, rellanos, escaleras, salas de espera. En estos lugares que no habitamos como destino sino como paso, que atravesamos sin detenernos, hay una ligera tensión, un ajuste silencioso del cuerpo que calcula distancias, regula el ritmo, encuentra equilibrio. En esa franja intermedia algo se reajusta. Y de alguna manera, el cuerpo percibe el tránsito y responde: necesita dejar constancia, marcar, producir forma. Y es ahí cuando insistimos en dejar rastros, indicios o señales que narren nuestra presencia y movimientos. ¿Y no es la historia, al fin y al cabo, una sucesión de relecturas sobre esas marcas anteriores?
Tampoco pasa nada intacto de un cuerpo a otro. En toda comunicación hay una desviación, una diferencia donde las percepciones se mezclan. Entre el emisor y el receptor se extiende un intervalo imperceptible donde el sentido ya no coincide consigo mismo. En ese umbral entre dos percepciones, las palabras se rozan, la fricción altera el sentido y todo mensaje deviene traducción. Es allí donde nuestros imaginarios toman cuerpo y se reorganizan. Cada palabra, concepto o símbolo nos llega atravesado por otras voces anteriores que aprendimos, deformamos y volvimos a poner en circulación. A menudo, en este proceso de canalizado y transmutación, surgen malentendidos. Hay quien los señala como un error negativo. Sin embargo, es en esa desviación donde se abren posibilidades inesperadas.
Alguien me dijo que los mejores poemas de muchos autores fueron efecto de haber malinterpretado otros poemas. Entonces, ¿por qué no trabajar desde ese "error", no como fallo que deba corregirse, sino como factor que multiplica perspectivas? La instalación se crea desde ese espacio intermedio invisible donde el sentido aún no ha cristalizado. Tratando de alumbrar el umbral operativo en el que el lenguaje, símbolos y objetos se transforman al entrar en contacto y se generan nuevas poéticas y relatos.