Miles de obreros apiñados, acompasados al mismo ritmo machacón, cansino, eternamente cabizbajos. El inicio de la película Metrópolis de Fritz Lang siempre me ha parecido la parte que auguraba un futuro más sombrío y cercano. No han llegado los coches voladores, no ha llegado el auge de los autómatas, pero sí que nos ha caído como una losa encima el móvil, lo que no nos hace levantar la mirada. No es nada fuera de lo común entrar a un autobús, a un metro, o cruzar un paso de cebra en el que no le veamos la cara a nadie. Tampoco vengo a hacer una apología antimaquinista de la que el Rey Ludd se pueda sentir orgulloso, pero sí que vengo a hablar del caminar. Del cómo caminamos y de cómo hemos perdido el rumbo al llevar siempre un rumbo fijo.
Todos conocemos Google Maps: viene en nuestro teléfono instalada de serie, y si no es el caso, la buscamos rápido porque el Maps de iOs es una bazofia. Su uso varía: desde personas que nunca lo usan, ya sea porque viven en ciudades pequeñas o controlan muy bien las maneras de llegar a sus destinos o el transporte público que han de usar; gente de costumbres que se adhieren a una ruta fija para toda su vida, porque es la que han elegido o la que les han enseñado o la que les impone el transporte público; personas que lo utilizan en momentos concretos, el usuario casual, como por ejemplo cuando viajan y se encuentran en ciudades que se escapan de su control, para ir a sitios que no conocen en momentos de necesidad; y por último, existe un tipo concreto de persona que hace un uso del Maps enfermizo, perturbador, analítico, que encuentra en la aplicación una manera de satisfacer su obsesión por el espacio, las rutas y como lo ocupamos. El que escribe estas palabras se encuentra en este último grupo. No sé si soy el único, si he formado una One Man Army en la que me enfrento al mundo en esta lucha sin sentido alguno, como todo lo que siento que escribo desde que descubrí que no podía huir de la posmodernidad. Aun así, el espacio me ha obsesionado, me obsesiona y me seguirá obsesionando, y como yonqui que soy, Google Maps es la metadona que calma mi sed, pero que me sabe a poco.
Soy una persona llena de contradicciones: estoy haciendo un escrito apologético contra Google Maps como herramienta neoliberal que nos adoctrina y aliena la experiencia del espacio y no puedo vivir sin usarlo. Soy un obseso de las rutas, del movimiento eficiente, de la proyección del espacio; prever a la máquina, vencer a la máquina, intentar entender el algoritmo que me vigila los pasos y pisa los talones.
Esta adicción culpable de la que soy partícipe ha hecho que me plantee todo lo que me pierdo cuando hago caso al Maps, todos los encuentros fortuitos que se han perdido en las arenas del tiempo, todos los descubrimientos que se habrán producido en universos paralelos, pero no en el mío. Cada vez que decido tomar una calle y no otra, dos futuros se disponen ante mí: uno que me lleva a no sé dónde y otro que no sé a dónde me lleva. De un punto A hasta un punto B, la ciudad me ofrece cientos de posibilidades, que se fragmentan en miles de pequeñas decisiones que, si se hacen conscientemente, pueden resultar abrumadoras.
Izquierda, derecha, seguir recto, subir por esta paralela, bajar por la otra. Si entro en esta calle me desvío y me alejo de donde quiero llegar, pero ¿tanta prisa tengo por llegar? ¿Y si encuentro algo que cambia mi vida en la calle que no he tomado? ¿O en esta? Nunca lo sabré. Tampoco me agobia.
Mi interés por el espacio nace desde el espacio fílmico, desde la obsesión por las localizaciones de La Gran Belleza, película que he llegado a ver una veintena de veces, y que se acabó conjugando en un trabajo final de Grado sobre cómo construyen la ciudad Fellini y Sorrentino. De ahí, y gracias a empezar a juntarme con alumnos de Bellas Artes que abrieron mi mente, me empecé a preocupar por cómo sentía yo mi espacio, cómo me enfrentaba a mi cotidianeidad y cómo me apropiaba de ella. A partir de la investigación que realicé en mis propias carnes, en mis propios sentimientos, fui descubriendo que existía un germen que siempre había estado ahí: desde muy pequeño, le preguntaba a mi padre por qué cogía con el coche las calles que cogía, y jugábamos a coger distintas rutas y ver con cuál tardábamos más, con cuál menos, en cuáles había más tráfico a una hora y en cuál menos.
La vinculación emocional con el espacio es algo complejo, abstracto, que se ha enfrentado desde la antropología, desde la geografía, o el propio arte, incluso desde la política. El espacio público y su diseño, ya desde antes de las vanguardias ha sido de gran interés para muchos: socialistas utópicos y falansterios, las ciudades futuristas de Sant'Elia o la organización de las ciudades de Le Corbusier y Niemeyer nos sirven para ilustrar como es un leitmotiv de lo que nos hace humanos: nuestra relación con el medio, nuestra interpretación de lo que nos rodea y qué hacemos con ello.
A pesar de ello, en mi gregarismo, en mi automatismo, acabo encontrando rutas en las que me siento cómodo, de las que me acabo apropiando y normalizando. Mi búsqueda nace de la eficiencia algorítmica de una aplicación móvil, algo que si sigo al pie de la letra siento que me aprisiona, que me enjaula y que no deja liberar mis afectos por los espacios que recorro. Poco a poco voy transicionando a los espacios que me llaman, a las calles que me hablan y me piden que las recorra. La topofilia genera un sentimiento identitario con calles que jamás han sido mías, que no tienen que ver conmigo, pero que forman parte de mí. La ciudad, en su complejidad, en su bullicio, me habla, y me pide que me encuentre con ella.
Sin romantizar el mapa de papel, suponía al menos un esfuerzo: el de ser interpretado, el de ser entendido, el de realizar de manera personal la ruta. El GPS y el giroscopio de nuestro teléfono hacen todo eso por nosotros. Sigue la flechita azul y el camino de baldosas amarillas que llevan a la nada los puntitos y llegarás a tu destino, nos avisa la voz anodina que no es capaz de distinguir qué palabras son llanas, agudas o esdrújulas. Cómo nos enfrentamos al espacio, cómo lo sentimos, se ha atrofiado en cierta manera por el uso de nuevas tecnologías, que nos dirigen, nos conducen y no nos permiten equivocarnos. Estas rutas predeterminadas capan el derecho inalienable de perderse, de experimentar, que no deja de ser una extensión, una dilatación temporal del derecho al juego del niño. Dejamos de jugar cuando dejamos de perdernos, dejamos de descubrir cuando dejamos de estimularnos. Y en ese proceso de seguir jugando, de seguir siendo niños, la ciudad puede ser nuestro parque infantil.